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La
contaminación real y el fundamentalismo ecológico
Por Mario Limeses
El fundamentalismo ecológico está a
punto de privar a San Rafael de una fuente de trabajo para cerca
de 200 personas y de una suma aún no determinada de dinero
que podrían percibir la provincia y el municipio en concepto
de regalías uraníferas.
El yacimiento minero-fabril Sierra Pintada de la Comisión
Nacional de Energía Atómica (CNEA), ubicado a 54 kilómetros
de la ciudad, difícilmente pueda reactivarse en 2004 como
está planeado si la oposición del gobierno local se
mantiene cuando llegue el momento de realizar las audiencias públicas
que establece la Ley provincial 5961 de Medio Ambiente.
El gobierno de Mendoza ya había anticipado que no daría
su visto bueno a la reactivación de la mina si antes la CNEA
no solucionaba el problema de los pasivos ambientales, como se llama
técnicamente a los residuos de mineral acumulados durante
años a cielo abierto en inmediaciones de la ciudad de Malargüe
y en las trincheras del predio de Sierra Pintada, una parte en tambores
de metal y otra a granel. En este sentido, los condicionamientos
no son caprichosos ya que hace años que estos residuos deberían
haberse removido, enterrado y envasado. La desidia y la burocracia
primero, y las restricciones presupuestarias más tarde determinaron
que la tarea jamás se llevara a cabo.
Para colmo, en el proyecto de la CNEA, que contempla una inversion
de 12 millones de pesos, está previsto traer a San Rafael
en 2005 la etapa del proceso que se realizaba en Ferreyra, Córdoba,
transformando el mineral inerte en dióxido de uranio, materia
prima del combustible que alimenta las centrales nucleares.
Si antes había dudas, temores y resistencia en la comunidad
local, que relaciona una hipotética alta prevalencia de casos
de distintos tipos de cáncer a la cercanía del yacimiento
de uranio, a partir de esta noticia se redoblaron.
Convengamos que la energía nuclear nunca tuvo buen marketing
entre los humanos, que siempre relacionaron palabras como radioactividad,
energía atómica, plutonio, cobalto o Chernobyl con
la figura del holocausto de Hiroshima.
Por otra parte, tampoco fueron muy auspiciosas las experiencias
recientes de Atucha o Embalse en materia de centrales nucleares
en el país, a pesar de que hace años que están
en funcionamiento sin incidentes, salvo alguna fuga esporádica
en la central de Embalse que se conjuró rápidamente.
Lo cierto es que los pilares de la economía regional son
por estos días la agricultura, la agroindustria y el turismo,
con las variantes incipientes de la ganadería, la agricultura
orgánica, el agroturismo y algunas manufacturas de bajo valor
agregado.
Sería muy difícil defender las bondades de estos productos
ante cualquiera que conozca la existencia de una mina de uranio
aguas arriba del cauce del Diamante, que irriga gran parte de las
hectáreas cultivadas del departamento. Y mucho más
lo sería si se llega a instalar una planta productora de
dióxido de uranio en sus cercanías. Planteada la disyuntiva,
entonces, lo más lógico es optar por lo que ya existe
y aporta la mayor parte de los recursos a la economía local,
en lugar de arriegarlo todo por un proyecto si se quiere menor para
la región a pesar de su alto valor estatégico para
el país. Algo similar sucedió cuando se construyeron
los diques sobre el Diamante y el Atuel para controlar las crecientes,
administrar el agua y generar electricidad. Al principio, el negocio
parecía brillante por la plata de regalías que ingresaba
a las arcas provinciales. Diez años después, la salinización
de las tierras, los revenimientos y el empobrecimiento del agro
sumados a la necesidad de recurrir a los agroquímicos revelaron
la cara ingrata del progreso. Los nutrientes que arrastraban los
ríos de cordillera decantaron en los diques, y el daño
emergente que sufrieron los agricultores jamás fue compensado,
a pesar de lo que dicen la Ley de Aguas y la Constitución
mendocinas acerca de la preeminencia del derecho de los regantes
sobre cualquier otro uso que se quiera dar al agua.
El caso Sierra Pintada significaría, en caso de no tenerse
en cuenta el daño emergente, un perjuicio equivalente. La
pregunta es quién compraría un durazno, una ciruela
o una pera cosechados en San Rafael sabiendo que pudo haberse contaminado
con uranio en alguna etapa de su ciclo productivo, o quién
se arriesgaría a venir de vacaciones sospechando que puede
envenenarse.
Claro que, absortos como estamos en esta discusión, nadie
habla seriamente de la cuenca del Atuel, cuyo riesgo de contaminación
es mucho más grave y actual, no inminente o futuro como el
del Diamante.
Aguas arriba del Atuel, en El Nihuil y Valle Grande, hay enormes
asentamientos turísticos y recreativos cuyos efluentes cloacales
no se tratan adecuadamente, ya están contaminando las napas
freáticas y en cualquier momento van a empezar a depositar
coliformes (bacterias de la "caca" humana) en la cuenca.
En El Nihuil existen , solo en el Club de Pescadores, 500 casas
cuyos deshechos van a parar a pozos sépticos que pronto van
a saturar la capacidad de absorción del suelo. Por Valle
Grande pasaron unos 40 mil turistas la última temporada,
y la situación de obras de saneamiento es mucho más
precaria allí que en El Nihuil. A pesar de esta situación,
poco o nada se ha dicho de la contaminación en este caso.
De modo que el fundamentalismo ecológico es, además
de histérico, bobo e irracional. San Rafael debe ser uno
de los pocos lugares del planeta donde se define como "movida
ecológica" el acto de salir a juntar basura al campo,
para que los turistas vean todo limpito. Además, los promotores
de estas "movidas" son los mismos que, si no convocaran
a cientos de chicos para hacerlo gratis, deberían pagar buenas
sumas para que otros lo hicieran por conveniencia desprovista de
todo romanticismo.
Como en muchas otras cuestiones a debatir, el abordaje de ésta
es poco serio, superficial y efectista antes que efectivo. Es que,
gracias al auge del ecologismo en los países industrializados,
sigue siendo más importante salvar a las ballenas del mar
austral de los arpones de los japoneses que a los chicos de Tucumán
de la voracidad de los usureros internacionales y el cinismo de
los cipayos nacionales.
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